domingo, 23 de septiembre de 2012

Santiago Carrillo, muchas sombras y pocas luces



Mucha gente tiene la costumbre de deshacerse en alabanzas a los muertos como si temiese que su sombra les alcanzara de algún modo, y se oyen loas sin cuento aunque el fallecido haya sido toda su vida un sinvergüenza sin escrúpulos.

Eso parece haber ocurrido al conocerse la noticia de la muerte de Santiago Carrillo a los 97 años, luctuoso hecho para su familia, seguramente, pero para nadie más, no nos engañemos.

Un poco de historia:

El totalitarismo es el fenómeno determinante del siglo XX. Sólo desde el totalitarismo puede explicarse la gran convulsión de los años treinta y cuarenta, la segunda guerra mundial –la más mortífera de toda la historia humana–, la "guerra fría" posterior, el emplazamiento de refinadas tiranías modernas y el exterminio mecánico de millones de personas en todas las latitudes. Esto es una evidencia que no necesita de grandes demostraciones. Bien es cierto que, con frecuencia, olvidamos en qué lodazales se hundieron nuestros padres. Pero precisamente por eso conviene recordar.

El totalitarismo afectó a todo y a todos, también en los países que, como España, sólo parcialmente sufrieron de forma directa esa experiencia. Y de todas las personalidades de la vida pública española, nadie se ha sumergido tanto en la marea totalitaria como Santiago Carrillo, líder durante largos años del Partido Comunista español. Por eso hay que mirar a fondo la vida de Carrillo.

La vida de Santiago Carrillo, en efecto, es inseparable de la experiencia totalitaria. Toda su vida: desde su infancia de niño revolucionario hasta su madurez de líder comunista. Hijo de un líder socialista de relieve no menor, en un momento en el que el socialismo español oscila entre la colaboración institucional y la revolución proletaria, el niño Santiago Carrillo Solares nace a la vida en 1915. Acaba de empezar la primera guerra mundial y está a punto de estallar la revolución soviética. Ambas cosas, guerra y revolución, marcarán la vida de Carrillo.

Niño viejo, más bien poco agraciado, de pluma fácil e inteligencia viva, ese mozalbete apenas ha cumplido los quince años cuando ya debuta como periodista político. Se diría que ha nacido para la agitación y la propaganda. Lidera las Juventudes Socialistas antes de ser mayor de edad. Lo vamos a encontrar, todavía adolescente, sumergido en las Conspiraciones revolucionarias de 1934. Va a conocer la cárcel cuando aún no tiene veinte años. Deslumbrado –como tantos otros– por el "paraíso socialista" de la Unión Soviética, viaja a Moscú y vuelve a España convertido en un comunista convencido. Cuando la guerra civil no ha hecho más que empezar, un Carrillo todavía jovencísimo afronta la brutal prueba de imponer el orden revolucionario –su particular idea del orden– en un mundo que se descompone.

Después llegará la escalada por el poder en un ámbito, el del comunismo estalinista, donde cualquier mal paso se salda con la muerte. Finalmente, el niño revolucionario de 1931 tocará la cumbre del comunismo español. Y aún tendrá capacidad de maniobra para virar el rumbo, reintroducir al comunismo en España, convertirse en un nombre clave de la transición democrática y, más aún, entrar en la galería de probos padres fundadores de la democracia española, merecedores de homenaje por su contribución a la convivencia.

Carrillo nunca estuvo en el frente porque le causaba pavor luchar de igual a igual. Al finalizar la Guerra Civil, Carrillo soñaba con que Stalin abatiría a Franco como un dios a una mosca, pero esto no sucedió. Tanta era su ira que escribió una durísima carta a su padre, que se había levantado en armas contra Negrín, en el golpe de estado de Segismundo Casado, el 4 de marzo de 1939, contando con la facción moderada del PSOE, liderada por Julián Besteiro y la ayuda del general Miaja, aunque a esas alturas Negrín estaba ya en Elda, Alicante, preparándose para huir a Francia. En dicha carta, Carrillo renegaba de su condición de hijo, maldecía a su padre y afirmaba que si pudiera le mataría con sus propias manos. Así era Santiago Carrillo.

A lo largo de ese periplo, objetivamente triunfal, se acumulan sin embargo las sombras. Con toda propiedad puede hablarse, en términos históricos, de un "expediente Carrillo" donde abundan las manchas negras. La opinión pública española conoce bien la principal de ellas: Paracuellos, el exterminio deliberado de los presos políticos de derechas en el Madrid de noviembre de 1936. Pero hay muchas más: las maniobras políticas que condujeron a la creación de las Juventudes Socialistas Unificadas, la participación directa en la Purga del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) en mayo de 1937, la huida de España dejando en la estacada a sus compañeros de partido en 1939, la ruptura con su padre "traidor"; después, los movimientos tras las bambalinas del comunismo, la sumisión a los criterios de Stalin, la responsabilidad directa en el desmantelamiento del maquis, incluso la liquidación de sus camaradas "inconvenientes"... Todas estas cosas cambian el color de la imagen y la cargan con tintes sombríos.

En una entrevista que se le hizo en 2005 para el periódico El País, Santiago Carrillo dijo que:"...Incluso, en algún caso, he tenido que eliminar a alguna persona. Eso es cierto. Pero no he tenido nunca problemas de conciencia, era una cuestión de supervivencia ya que estaba en juego la vida de otros militantes que, muchos de ellos, acabaron en la cárcel o ejecutados".

"No me arrepiento de nada. He cometido errores y he intentado subsanarlos. No soy un santo, sino un hombre de carne y hueso", proclamaba Carrillo en el documental biográfico –más bien cabría decir hagiográfico– Últimos testigos, de Martín Cuenca, subvencionado por el Gobierno socialista español.

En El Mundo, Carmen Grimau, hija del dirigente comunista Julián Grimau, ejecutado en España en 1963, díce:

“Yo no hablaré del político fallecido, pero sí de su forma ética de hacer política. Porque Santiago Carrillo representó ante todo la forma más despótica y despiadada de ejercer la política. Encarnó el prototipo arrogante de los dirigentes con plenos poderes para disponer de la vida y la muerte de los otros. Siempre en la cúpula. Alejado del peligro de la clandestinidad. Hoy muere, el gran vencedor, el que enterró a todos sus camaradas. A los que traicionó, también.”

Jorge Semprún en su biografía de Federico Sánchez comenta que:

"la mitad de los encarcelados en cárceles del Franquismo lo estaban porque les había denunciado Santiago Carrillo".

Carrillo consiguió que Stalin dejara en sus manos las riendas del PCE y a partir de ese momento el que no hacía su voluntad era asesinado sin  el menor escrúpulo; todo en espera de que Franco, por fin muriera en la cama y él pudiera volver a España..

Los que tanto alaban a Carrillo su actuación en la transición española, o mienten o no se enteran nada. Carrillo que al terminar la guerra civil española, dejó en la estacada a sus compañeros y se fue al exilio, a un exilio dorado, vivió como un auténtico “marajá”, siempre en primera línea de la política, París, Moscú, Budapest… mientras unos cuantos idealistas/comunistas las pasaban canutas en España, con la esperanza de derribar a Franco.

Carrillo, sería muy malo, pero de tonto no tenía un pelo, regresa a España, no porque de repente se despierte una mañana convertido en demócrata y monárquico, simplemente debe continuar su vida de “vividor” y de no pegar golpe, (consiguió vivir 97 años sin trabajar), que mejor oportunidad que pactar la legalización del partido comunista a cambio de “portarse bien” y asegurarse el puesto, sueldo y demás prebendas como diputado. Hay que reconocer su gran habilidad para engañar a Suarez y aliarse con los nacionalistas para realizar una transición y una constitución, que visto los calamitosos resultados, ni fue modélica, ni admirable, el desastre lo estamos padeciendo ahora.

Las derrotas electorales fueron tan sonadas que se vio obligado a dimitir de la Secretaría General del PCE. En poco tiempo, consiguió hundir al partido comunista, pasarse al PSOE de Felipe González y ser contrato por el grupo Prysa de comentarista en la SER, donde daba sus clases magistrales de ética y comportamiento democrático.

Nunca me alegraré de la muerte de un ser humano por repugnante que me pueda resultar, pero no me produce ninguna pena y nunca podré entender tantas loas y tantas alabanzas, ni nombramientos como ser investido  Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Madrid.

Igual hay que recordar que Carrillo no fue encausado por sus crímenes de Paracuellos, porque Baltasar Garzón presentó un escrito "demostrando" que habían prescrito. Con idénticos argumentos, el mismo Garzón presentó otro escrito para argumentar que los delitos franquistas "no habían prescrito". Así era como juez y por eso estamos todos mucho mejor teniéndolo fuera de la carrera judicial.

Así pues, Carrillo falleció y todos aquellos que por su acción u omisión  murieron asesinados a lo largo de su vida, habrán por fin descansado en sus tumbas. Que así sea.

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