miércoles, 29 de octubre de 2014

Ciudad de Cristal de Paul Auster



Ciudad de Cristal de Paul Auster

“Yo soy nuevo cada día. Nazco cuando me despierto por la mañana, envejezco durante el día y muero por la noche cuando me duermo. No es culpa mía. Hoy lo estoy haciendo muy bien. Lo estoy haciendo mucho mejor que nunca”

A Paul Auster me lo encontré. Me lo encontré reiteradamente en artículos de diarios, en revistas, en las librerías y ahora último me lo encontré en “Lo que leímos” gracias a una reseña de Diego Soto. Así que sin más decidí dejar de encontrármelo y empezar a leerlo. Para empezar escogí al azar. Nada mejor que el azar para elegir entre los muchos libros que ha publicado este autor que manifiesta no creer en la causalidad o motivación de las cosas. Así llegué a esta novela de corte policíaca que según bien sabía era la primera parte de una trilogía llamada justamente “La trilogía de Nueva York”.

Esta primera entrega trata sobre una llamada telefónica. Una llamada telefónica que es un error. Un error que, obviamente, es inmotivado. El error produce un efecto y ese efecto es esta novela. En una noche cualquiera a nuestro protagonista suena su teléfono. El ring lo molesta y apenas alcanza a contestar: “¿Es usted el detective Paul Auster?” o algo así preguntan al otro lado de la línea y por supuesto que no se trata de Paul Auster (sí, el autor usó su nombre para uno de sus personajes) sino que de Quinn, nuestro protagonista, un escritor de novelas policíacas de mediano éxito (otra autoreferencia, aunque quizás un poco cínica). Lógicamente él manifiesta que hay un error, que ahí no vive nadie de ese nombre, ni menos que sea detective. En los días siguientes y durante las mismas horas el llamado de las noches vuelve a producirse. Quinn –un tanto aburrido de todo– decide finalmente decir que sí, que él es el detective Paul Auster. Desde ahí todo comienza a tomar vuelo. Esta especie de rutina sucedió efectivamente en la vida del autor: una noche alguien llamó a su teléfono preguntando acaso era él el detective tal o cual, y él dijo lógicamente que no. Y luego quedó preguntándose por días “¿qué habría pasado si hubiese dicho que sí?”. Bueno, dijo que no, y lo que sucedió fue esta historia.

La narración avanza cuando él toma el caso. Se trata de la historia de un hombre al cual su padre lo mantuvo encerrado durante los primeros 10 o 12 años de su infancia experimentando con él, tratando con aquel encierro que él volviese a un estado de naturaleza tal que se reencontrase con el idioma pre Torre de Babel, antes de que dios nos castigase con la multiplicidad de lenguas que existen hoy en día, antes de que dejáramos de entendernos los unos a los otros. Suena un poco a Dan Brown pero la trama no avanza por ese lado. Y no se asusten, hasta ahora no les he contado nada que no aparezca dicho, claro que con otras palabras, en la contratapa del libro. Quinn, suplantando a Paul Auster –el reputado detective privado– es contratado para cuidar a este hombre de su padre, quien luego de años recluido en una institución mental ha sido puesto en libertad, del cual se sospecha que vendrá a asesinarlo. Los motivos son tantos como se puedan imaginar y no quiero ahondar en ellos porque no deseo darles la novela a medio masticar.

¿Qué hay tras esta novela policial que le ha valido tanto reconocimiento a su autor? Pues en un primer momento me pregunté exactamente lo mismo. Su escritura es pulcra, funcional, correcta, simple y agradable de seguirse, pero no supera a otros contemporáneos  como Ford, Roth o Carver. La narración es límpida, no posee grandes ripios e incluso es amena durante largos pasajes pero con ello no bastaría para tanto reconocimiento. Pero luego está la historia tras la anécdota. Aquella historia inmotivada, –como opina su autor que es el universo– aquella historia que acaba sin un final, y que destruye los paradigmas de las novelas detectivescas. Ahí donde entra el azar comienza el juego del autor con sus personajes, convirtiéndolos en muñecos del destino más que en dueños de sí mismos. Y al final el destino se burla. Claro que lo hace, si nada tiene una razón de ser. En esos instantes está la vida y en esos instantes se va la vida de nuestro protagonista. Es difícil explicarlo sin contarles el trasfondo de la historia, sin echárselas a perder completamente, así que me limitaré a dar mi opinión general: este es un buen libro, bastante lejano de ser brillante, pero bueno al fin y al cabo, con un buen retrato de lo que es Nueva York, de las motivaciones de su gente, con temáticas como el dinero, el amor (o la falta de él), la vida en la ciudad, el destino y el sinsentido, especialmente el sinsentido.

Si son amantes de las novelas policíacas esta puede ser un tremendo giro para ustedes, porque les dará un gran trasfondo allí donde normalmente prima la anécdota y el comentario o resolución sagaz, sino no es así, opten por otra novela de Auster, que tiene mucho más que entregar.

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