Soy una colección de recuerdos pegados en mi alma, mezclados con canciones, aromas y sueños.
martes, 16 de septiembre de 2014
jueves, 11 de septiembre de 2014
martes, 9 de septiembre de 2014
domingo, 7 de septiembre de 2014
viernes, 5 de septiembre de 2014
"1Q84" de Haruki Murakami
Cuando tenían diez años las vidas de Aomame y Tengo en cierta forma quedaron en suspenso. Es decir, siguieron viviendo, creciendo, pero sólo 20 años después, en el mundo de 1Q84, recuperan la vitalidad y algo cambia en ellos. La naturaleza de esos cambios, su origen último, las consecuencias que provocan son en esencia el trasfondo de esta novela, una peculiar historia de amor en la que los amantes jamás llegan a encontrarse. Una de esas historias que no parece tener más matices, como una hoja doblada de papel a la que uno podría no prestar atención pero que al desplegarse va revelando dibujos inesperados y atisbos de otros mundos.
Alrededor de ese núcleo, el autor teje temas con toda confianza, habiendo perfeccionado hasta tal punto su arte que sabe que puede lanzar al aire todas las pelotas que quiera sin tener problemas para ir recogiéndolas todas una a una. La infancia, evidentemente, es uno de esos temas, porque allí es donde se fraguan muchos aspectos de nuestra situación actual. También las sectas religiosas, la política japonesa antes y después de la segunda guerra mundial, el maltrato en todas sus formas y hay dos lunas en el cielo. Dos lunas que parecen mantenerse siempre a la misma distancia entre sí, que forman simultáneamente una señal y un reflejo.
Perro en todo momento Aomame y Tengo forman el punto central de la narración, cuya relación da sentido a lo que sucede y en cierta forma a lo que sucedió y se nos va revelando. Son el centro de la que probablemente sea la novela más deliberadamente ambigua de Murakami, aquella en la que más se entremezclan los conceptos, las ideas y los sentimientos.
Orwell escribió 1984 mirando al
futuro, y yo, con mi novela, quiero hacer lo contrario, mirar al pasado, pero
sin dejar de ver el futuro. Es mi obra más ambiciosa. (Haruki Murakami)
El Cultural ofreció una de las
pocas entrevistas concedidas por el escritor a un diario alemán con motivo de
la publicación de 1Q84, una historia de ciencia ficción sobre una asesina que
descubre un misterioso mundo subterráneo. En Alemania el éxito de la novela ha
sido tal que en la primera edición ya se han vendido 40.000 ejemplares
El origen de 1Q84
-Los títulos de algunas de sus
novelas, como Tokio blues. Norwegian Wood o After Dark, están inspirados en
canciones de los Beatles, de los Beach Boys o en piezas de jazz. Al principio
de 1Q84, en la radio del taxi suena la Sinfonietta de Janacek; también podemos
escuchar El clave bien templado de Bach, obras de Haydn y otras piezas
barrocas. ¿Su gusto musical se decanta ahora por los clásicos?
-No, siempre he escuchado todo
tipo de musica: jazz, clásica, rock, siempre que sea bueno.
-¿Cómo comenzó a escribir?
-Hacía sol y estaba viendo un
partido de béisbol una tarde de abril. De repente, fue como si me hubiera caído
un rayo y supe con toda claridad que sería escritor.
-¿Hubo algún factor
desencadenante, alguna experiencia que inspirase 1Q84?
-La idea llegó de forma muy
sencilla: iba en coche por Tokio, el tráfico era intenso y me quedé atascado en
una autovía en medio de la ciudad. Miré por la ventana y pensé en cómo me
sentiría si bajase del coche, lo dejase allí y descendiese al subsuelo. Ésa fue
la idea desencadenante, de la que partió el personaje de Aomame. Así empezó. No
sabía lo que ocurriría más adelante. Pero sí que detrás se escondía una gran
historia.
-Aomame desciende por una
escalera de emergencia de una autovía y llega a otro mundo. ¿Le ha sucedido a
usted?
miércoles, 3 de septiembre de 2014
"El péndulo de Foucault" de Umberto Eco
"El péndulo de Foucault" es un libro realmente impresionante. Impresionante principalmente por el cúmulo de conocimientos que su escritor debió reunir para tejer su red narrativa. De inicio a fin deslumbra con una inmensa cantidad de datos históricos que son usados para tejer una trama complicada, mezclada con el sarcasmo de los personajes centrales de la misma.
El libro comienza justo antes del final, en un momento de tensión en que el personaje principal, el narrador de la historia, Casaubón, se desliza entre los pasillos del conservatorio donde se exhibe el péndulo de Foucault. En la tensión del momento nos comienza a explicar cómo funciona el péndulo y un poco de su teoría, y después se hunde en el pasado para llevar la historia secuencialmente, desde sus días de estudiante en el que frecuentando el bar Pílades conoce a Giacopo Belbo, editor de Garamond con quien congenian desde el primer momento, evidentemente por la afinidad cultural de ambos. Belbo y Casaubon comienzan a frecuentarse, y en una visita que hiciera a la editorial, conoce a Diotallevi, el tercer personaje del plan.
Las páginas finales de un libro son una reflexión espiritual acerca de los motivos que nos llevan a buscar secretos, que nos mueven a buscar seres superiores, que nos hacen creer en la existencia de un plan prediseñado en el que tenemos escritos nuestros papeles: para poder sentirnos libres de responsabilidad ante las consecuencias de nuestros errores, para tener alguien o algo externo a quien culpar de nuestros fracasos. Para tener una excusa para nuestra mediocridad.
Es absolutamente genial. Complejo, eso sí. Y difícil de leer si no estás acostumbrado a este tipo de literatura, con fondo poético, donde la trama se desarrolla como una telaraña que te estrangula.
El autor conoce la Edad Media mejor que nuestra época, y es maravilloso dejarse llevar de su mano, y adentrarse en el funcionamiento de las sectas: Su locura, y falta de escrúpulos. Todo ello mezclado con el nacimiento de los programas informáticos, y la corrupción de los editores que especulan con el ego de autores sin talento.
El texto se balancea como un péndulo que te lleva y te trae, dibujando el mapa de la superstición y la estupidez humana; y la bola que lo mueve, como suele ocurrir, es un amor contrariado. A la vez ilustra al lector sobre el objeto que usó Foucault para demostrar el movimiento negado en su día por ciertos religiosos amantes de las hogueras.
En resumen: Una fiesta literaria. ¿El peligro? Vernos empujados a viajar a París a visitar el punto del cual cuelga el universo...
Quiero compartir un extracto de “El Péndulo de Foucault” de Umberto Eco. Este fragmento me pareció muy divertido y auténtico.
“En el mundo están los cretinos, los imbéciles, los estúpidos y los locos. (…) El cretino ni siquiera habla, babea, es espástico. Se aplasta el helado contra la frente, no puede ni coordinar los movimientos. Entra en la puerta giratoria por el lado opuesto. (…)
Ser imbécil es ya más complicado. Es un comportamiento social. El imbécil es el que habla siempre fuera del vaso (…). O si prefiere es el que siempre mete la pata, el que le pregunta cómo está su bella esposa al individuo que acaba de ser abandonado por la mujer (…). El imbécil está muy solicitado, sobre todo en las reuniones mundanas. Incomoda a todos pero les proporciona temas de conversación. (…)
El estúpido no se equivoca de comportamiento. Se equivoca de razonamiento. Es el que dice que todos los perros son animales domésticos y todos los perros ladran, pero que también los gatos son animales domésticos y por lo tanto ladran (…). Se publican muchos libros escritos por estúpidos, porque a primera vista son muy convincentes (…).
(El loco) es un estúpido que no conoce los subterfugios. El estúpido trata de demostrar su tesis, tiene una lógica, cojeante, pero lógica es. En cambio, el loco no se preocupa por tener una lógica, avanza por cortocircuitos. Para él, todo demuestra todo. Al loco se le reconoce porque se salta la torera obligación de probar lo que se dice; porque siempre está dispuesto a recibir revelaciones. Y le parecerá extraño, tarde o temprano el loco saca a relucir a los templarios.”
lunes, 1 de septiembre de 2014
sábado, 30 de agosto de 2014
“Kafka en la orilla” de Haruki Murakami
Kafka en la orilla
de
Haruki Murakami
Kafka
Tamura se va de casa el día en que cumple quince años. Le llevan a ello las
malas relaciones con su padre -un famoso escultor convencido de que su hijo
repetirá el aciago sino de Edipo- y el vacío producido por la ausencia de su
madre; se dirigirá al sur del país, donde encontrará refugio en una peculiar
biblioteca y conocerá a la misteriosa señora Saeki. Sus pasos se cruzan con los
de otro personaje, Satoru Nakata, sobre quien se ha abatido la tragedia: de
niño, durante la segunda guerra mundial, sufrió un accidente del que salió con
secuelas y dificultades para comunicarse... salvo con los gatos.
Kafka
en la orilla fué el cuarto libro que leí de Murakami, y como viene siendo
habitual con este autor, vuelve a conseguir llevarme a su terreno, a ese mundo
en el que la realidad y la fantasía se unen. A mí Murakami es un autor que me
fascina, pero entiendo que haya gente a la que no le gusté. Es más, me parece
que es un escritor que o te gusta mucho o no te convence en absoluto.
Creo
que es muy importante a la hora de leer un libro de este escritor, ir con la
mente totalmente abierta, aceptar todo lo que te cuenta sin cuestionar todo lo
que ocurre. Creo que esta es la verdadera forma de disfrutar de un libro de
Murakami. Si empiezas a plantearte porque los gatos hablan o caen peces del
cielo, se pierde la magia. Se tiene que aceptar la parte de fantasía que hay en
los libros de este autor.
En
Kafka en la orilla, tenemos dos historias. Por un lado, esta Kafka Tamura. Un
chico de quince años que se escapa de casa buscando huir de una profecía que le
hizo su padre siendo muy niño. Kafka no es un adolescente corriente, es muy
callado, muy triste y un lector empedernido. Sus pasos le llevarán a la
Biblioteca Komura donde trabaja Oshima, que se convertirá en su principal punto
de apoyo. Y la señora Saeki, una mujer de mediana edad muy hermosa y enigmática
que esconde un pasado trágico detrás.
Los
capítulos se alternan para contar la historia de Nakata. Un anciano, que de
niño le ocurrió algo bastante misterioso mientras estaba de excursión con su
profesora y compañeros de clase. Desde ese momento, es incapaz de leer, pero se
comunica perfectamente con los gatos.
Las
dos historias sin punto de conexión aparente, se van entrelazando a medida que
avanza la novela. La verdad es que no me suele ocurrir esto, porque siempre me
suelo decantar por una, pero esta vez las dos partes me parecieron igual de
interesantes. Leía con igual agrado los capítulos de ambos protagonistas.
Aunque no niego que Nakata resulta ser un personaje mucho más peculiar que
Kafka y al que se le coge cariño mucho más rápido.
El
punto fuerte de esta novela son sus personajes. Nakata, su eterno compañero
Hoshino, Oshima o Kafka tardan en irse de la mente. Yo me quedo con Oshima y
sus reflexiones. Cada vez que abría la boca no podía más que aplaudirle. A
Nakata y a Kafka me daban muchas ganas de protegerlos y Hoshino conseguía
hacerme reír. Son personajes maravillosos los cuatro. La señora Saeki no ha
conseguido llenarme tanto, porque tengo la sensación de que nunca la llegue a
conocer del todo por culpa de toda esa tristeza y misterio que la rodea.
A
Murakami le encanta mezclar el mundo onírico con el real y en Kafka en la
orilla eso está muy presente. No es un libro que recomendaría a alguien que no
haya leído antes a este autor antes porque le puede parecer una novela bastante
rara. Yo siempre recomiendo empezar por sus novelas más "normalitas"
como Tokio blues o Al sur de la frontera, al oeste del sol.
Sinceramente
no sé qué es lo que me fascina tanto de este escritor. Cuando me pongo a pensar
fríamente en él, me doy cuenta de que escribe de una forma sencilla, y puede
que a veces ralentice la acción al dar más detalles de los necesarios, pero
mientras leo sus novelas es como si entrara en fase de hipnosis. Consigue que
me interese por todo lo que me cuenta, aunque sea que están comiendo los
protagonistas. Y después, cuando cierro el libro, me sorprendo pensando en la
novela y me vienen imágenes a la mente. Sus historias, sus personajes, su forma
de escribir me resultan muy atrayentes.
Kafka
en la orilla, debajo de toda su fantasía, es una novela sobre la madurez, sobre
dejar el pasado atrás por muy trágico que sea y continuar viviendo, porque la
vida realmente merece la pena.
En
resumen, “Kafka en la orilla” es, quizá, el libro más profundo de Murakami,
mantiene sus componentes obsesivos: heridas de amor, personajes desaparecidos,
gatos portadores de mensajes, amores inalcanzables, música, personajes extraños
y sucesos enigmáticos. Es también una historia sobre la soledad, como cada
persona encuentra su camino en este mundo. Construye una espiral doble con dos
personajes que están en búsqueda de sí mismos o, mejor dicho, buscan el
verdadero significado de su identidad. Murakami ha encontrado el camino para
obtener la respuesta a la búsqueda de sí mismo. «El principio del laberinto
reside en tu propio interior [...] lo que existe fuera de ti es una proyección
de lo que existe en tu interior. Lo que hay dentro de ti es una proyección de
lo que existe fuera de ti».
viernes, 29 de agosto de 2014
El primer círculo - Alexander Solzhenitsyn
EL PRIMER CÍRCULO – Alexander
Solzhenitsyn
Sordo e inmune a los cantos de
sirena del estalinismo, a diferencia de muchos de sus colegas de la
intelectualidad francesa, Raymond Aron ironizó en 1950 sobre el hecho de que la
izquierda europea idolatrase a un “constructor de pirámides”; en efecto, pocos
de esa izquierda reconocían en el líder supremo de la Unión Soviética al
déspota oriental cuyos métodos y fechorías merecían tanta repulsa como los de
Hitler. Lo cierto es que, para entonces, los métodos de Stalin y su régimen se
habían diversificado. A su haber tenían no sólo unas iniciativas tan
despiadadas –faraónicas en el peor sentido del término- como la construcción
del canal del Mar Blanco y la colectivización del agro, con su larguísima
cuenta en vidas humanas, sino también la fundación de prisiones especiales en
las que caían científicos, ingenieros, técnicos y obreros cualificados,
extraídos todos ellos de la vasta red de campos de concentración a fin de
ponerlos a trabajar en proyectos similares a los que, en Occidente, se
desarrollaban en laboratorios y centros de investigación
científico-tecnológica. La jerga carcelaria rusa reservaba a estas prisiones el
mote de sharashkas, y los zeks (reclusos) que iban a parar a ellas se
consideraban afortunados, pues las condiciones de subsistencia en una sharashka
eran incomparablemente más llevaderas que las de los campos corrientes. Con
todo, no dejaban de ser prisiones, y en un sistema como el soviético
representaban una forma refinada pero no menos deleznable de arbitrariedad y
explotación. Eran, las sharashkas, el Primer Círculo del dantesco infierno
concentracionario, y la novela homónima de Solzhenitsyn es su dramático lienzo
literario.
Alexander Solzhenitsyn, formado
como físico y matemático y devenido oficial de artillería durante la Segunda
Guerra Mundial, fue del número ingente de los zeks. Servía en territorio
prusiano como combatiente condecorado cuando cayó en desgracia a raíz de una
apenas velada crítica a Stalin, detectada por la censura en su correspondencia
privada. Tras ocho años de calvario en el Gulag, una de cuyas estaciones fue
precisamente una sharashka, la desestalinización puso fin a su destierro en
Asia Central en 1956, culminando unos años después la primera redacción de su
novela sobre la vida en una prisión especial. Titulada El primer círculo, la
obra conoció el destino de tantos y tantos de sus equivalentes en la URSS:
censura, mutilación, requisamiento, reescritura. Después de que el KGB vedara
definitivamente su publicación, en 1967 se difundió en su quinta versión por la
vía del samizdat (edición y distribución clandestina). Al año siguiente la
sexta versión fue publicada en ruso en los EE.UU., a partir de una copia
microfilmada y llevada a Occidente unos años antes; esta edición, que consta de
87 capítulos, fue prontamente traducida a una multitud de idiomas. La redacción
definitiva (séptima versión, de 96 capítulos) la acabó Solzhenitsyn en 1968, y
en castellano fue publicada por primera vez por Tusquets, en 1992 (edición de
749 páginas).
Como se puede suponer, la novela
debe su título al imaginario dantesco y sus círculos infernales. Sobre la
naturaleza de la prisión que sirve de escenario central en El primer círculo,
el diálogo sostenido por dos de sus personajes es decidor:
«- La sharashka, si quiere usted,
la inventó Dante. Se devanaba los sesos pensando dónde colocar a los antiguos
sabios. Su deber de cristiano le ordenaba arrojar a esos paganos al infierno.
Pero la conciencia de un renacentista no podía aceptar que tan ilustres varones
se mezclaran con los demás pecadores y fueran sometidos a castigos corporales.
Y Dante ideó para ellos un lugar especial en el infierno. […]
- Eh, eh, Lev Grigórich, yo le
explicaré de un modo muchísimo más accesible a Herr Profesor lo que es la
sharashka. Hay que leer los editoriales del Pravda: “Está demostrado que la
alta producción de lana depende de cómo se alimente y se cuide la oveja”.»
El primer círculo es novela coral
y narración testimonial. Su ambientación la provee la prisión-laboratorio de
Marfino, en los arrabales de Moscú, a fines de 1949. Se trata de una sharashka
abocada a la investigación de materias relativas a la acústica y la
radiotelefonía, y como centro penitenciario que es, reviste la forma de un
microcosmos que congrega a 250 reclusos y algunas decenas de personal carcelario
y técnico-científico libre. La novela condensa la vida en Marfino durante los
cuatro días que transcurren a partir del 24 de diciembre del referido año. Su
trama se despliega en torno a un nudo argumental: en la víspera de Nochebuena,
un joven y promisorio funcionario del servicio diplomático soviético, en quien
ha germinado la semilla de la duda y la inconformidad, se comunica por teléfono
con la embajada estadounidense con el objeto de prevenirla de un acto de
espionaje relacionado con la bomba atómica. (En la primera versión conocida en
Occidente, el asunto en cuestión era un secreto de la industria farmacéutica.)
El aparato soviético de seguridad ha captado el llamado y sus engranajes se
ponen en marcha. Sobre Marfino recae la tarea de estudiar la grabación
telefónica e identificar al traidor.
En tanto que obra coral, la
novela disfruta de una virtud característica de la gran literatura rusa: la
capacidad de movilizar mundos enteros, esto es, de poner en escena una
abigarrada galería de personajes en los que se expresa un amplio espectro de
circunstancias, valores, ilusiones y sentimientos. Todo un universo moral y
sicológico halla fidedigna plasmación
narrativa en El primer círculo, con las debidas particularidades del contexto
–como está dicho, una prisión en los infames tiempos del estalinismo. Nunca
está de más recordarlo: en el régimen estaliniano, epítome de arbitrariedad
institucionalizada, discrepar de la línea gubernamental constituía la mayor de
las imprudencias, una verdadera locura considerando los peligros que conllevaba
el disenso. De modo congruente, los reclusos de la novela vienen a representar
un muestrario de actos imprudentes y una muchedumbre de locos admirables, tanto
más cuando se los contrasta con la caterva de parásitos cobijados por la
maquinaria del estado policial.
Claro está, no conviene
simplificar; no es el universo de los zeks de Marfino –profesionales y técnicos
en su mayoría- un compendio de virtudes ni un remanso de paz. Como en todo
conglomerado humano, y con mayor ocasión tratándose de un presidio, chocan
inevitablemente los temperamentos e intereses y afloran rivalidades y
rencillas. La principal fuente de discordia son los chivatos: uno de cada cinco
presidiarios ha sido reclutado por la autoridad penitenciaria para la vil
función del espionaje interno, de modo que ni siquiera entre sus pares,
víctimas por igual de la iniquidad, pueden ellos sentirse a sus anchas.
Instilado el veneno de la sospecha y la desconfianza recíprocas, el aspecto
pacífico de la sharashka oculta una guerra subterránea; el escarnio del sistema
o un desaire al chivato pueden acarrear el retorno a la muerte lenta de los
campos de concentración. Por demás, la prisión reproduce a escala la atmósfera
paranoica y moralmente retorcida del régimen, en lo que resulta un fiel reflejo
de la personalidad del tirano. Ningún acto es inocente, nada se debe al azar.
Si un instrumento cualquiera sufre un leve desperfecto, no hay accidente que
valga como explicación: por fuerza ha debido intervenir la mano negra del
sabotaje, y no descansará el chequista de turno hasta encontrar al verdadero y
necesario culpable –entre tanto enemigo del pueblo, siempre se hallará una
cabeza de turco. Y qué decir de las investigaciones llevadas a cabo en el
lugar. Es época en que el discurso oficial atribuye cuanto avance tecnológico y
científico exista en el mundo al genio soviético, estigmatizando el
reconocimiento de las innovaciones occidentales como “servilismo al
extranjero”. Se produce entonces el caso grotesco de que las publicaciones
científicas extranjeras utilizadas en Marfino, que en Occidente son de libre
disposición, aquí son celosamente guardadas como secreto de estado; la
convención dicta que en la ciencia soviética sólo se emplean modelos patrios.
No es un mundo en blanco y negro
el de Marfino, ni siquiera en lo que concierne a los carceleros. No todos entre
ellos son igualmente malvados o despreciables; los hay de natural bondadoso,
tal que parecen caídos por triste albur en el oficio. Y es un mundo que interactúa,
narrativamente hablando, con el exterior, representado por familiares de los
presos, de los carceleros y del personal adjunto. La narración comprende
episodios que se desarrollan en escenarios alternos, en Moscú y sus
alrededores, enriqueciendo una paleta abundante en colores y matices humanos, y
sin sacrificio de la ilación. Hábilmente engarzada en la corriente narrativa,
aflora por un instante la personalidad de Stalin, fiera envejecida pero todavía
capaz de dispensar dentelladas. Solzhenitsyn pinta un retrato irónico del
tirano, mucho más eficaz que si fuera una diatriba encendida.
Entre los numerosos personajes
destacan los protagonistas indiscutibles de la novela, Gleb Nerzhin y Lev
Rubin. Es de suponer que en el primero de ellos ha vertido Solzhenitzyn algunos
de sus rasgos personales; el segundo es un retrato velado de Lev Kópelev,
filólogo y disidente tardío a quien Solzhenitsyn conociera en la propia prisión
de Marfino. Nerzhin es un matemático intelectualmente díscolo y políticamente
insumiso, renuente a claudicar del derecho a la autonomía personal. En un tono
que se nos antoja muy ruso, gusta de sumirse en charlas inspiradas o en
apasionadas discusiones –sobre lo humano
y lo divino- con sus compañeros de reclusión; su idealismo es garantía de un
mal pasar en un entorno como el que lo rodea. Por su parte, Rubin, de barba de
pirata, es el mejor amigo de Nerzhin en la sharashka. Filólogo y comunista
convencido a pesar de que el régimen lo ha privado injustamente de su libertad;
su obcecación ideológica, empero, no le impide aborrecer a los carceleros. Es
un polemista vehemente y altanero que jamás acepta los puntos de vista de sus
interlocutores, a pesar de lo cual resulta bastante simpático. La
caracterización de Rubin/Kópelev por el escritor es impagable: «Rubin no podía
existir sin amigos, se ahogaba cuando le faltaban. La soledad era para él
insoportable hasta el punto que ni siquiera permitía que sus ideas madurasen
únicamente en su cabeza, de modo que apenas encontraba media idea corría a compartirla.
Toda su vida había sido rico en amigos, pero en la cárcel se daba el caso de
que sus amigos no eran sus correligionarios, y sus correligionarios no eran sus
amigos».
Junto a ellos destacan personajes
como los que siguen: Dmitri Sologdin, un apuesto ingeniero de origen
aristocrático, talentoso y un tanto extravagante; aún es joven pero ya cumple
doce años de reclusión. Es adalid de lo que llama el Lenguaje de la Claridad
Máxima: su brillante conversación está salpicada de términos que juzga vernáculos,
en reemplazo de lo que considera palabras de origen extranjero (“palabras
ornitológicas”, las denomina: se niega por ejemplo a decir “capitalismo” cuando
lo correcto viene a ser “gran monetarismo”). El entusiasta Valentin
Prianchikov, ingeniero de viva inteligencia pero de aspecto algo infantil,
falto además de apostura, por lo que sus pares no lo toman demasiado en
serio. Spiridon Yegorov, un rudo
campesino que en la cincuentena está casi ciego y es reo del delito de haber
sido prisionero de los alemanes; portero y aseador de la sharashka, ha trabado
una impensada amistad con el culto Nerzhin –quien inicialmente se dirigiera a
él en una típica muestra del “acudir al pueblo”, esa tradición tan rusa-. El
joven Rostislav “Ruska” Doronin, que se ha enamorado de una empleada, Clara
Makaryguina, chica recién salida de un instituto técnico e hija de un
importante fiscal. Ruska es un temperamento inquieto y aventurero, refractario
al disciplinamiento y la legalidad: a los veinte años era buscado por todos los
organismos de seguridad, y a los 23 es un zek y un técnico en Marfino; leal con
sus compañeros, tiene la desgracia de que los jefes se han fijado en él como
candidato a chivato. Innokenti Volodin, el del llamado telefónico, el
diplomático cuyo arrebato desata la voracidad de los hombres lobo… No es un universo exclusivamente masculino.
Cabe resaltar, por ejemplo, a la mencionada Clara, joven nacida en cuna de
plata; asustada al principio por tener que trabajar rodeada de zeks, muy pronto
pudo advertir que estaban lejos de ser los feroces “enemigos del pueblo” y
“perros del imperialismo” descritos por sus superiores. Serafima Vitalievna,
Símochka, menuda y nada agraciada mujer, también colaboradora externa del
instituto-prisión (y oficial del MGB, Ministerio de Seguridad del Estado, como
todos los trabajadores libres de Marfino); está perdidamente enamorada de Gleb
Nerzhin. Nadia, la mujer de Gleb, que sufre y languidece como tantas esposas en
el país del Gulag.
Más allá del valor testimonial y
denunciatorio de la novela, su valor literario la hace por sí misma
recomendable. Está construida al modo clásico, el del eterno realismo
–Solzhenitsyn es de hecho deudor del gran modelo tolstoiano-, con tan sólo
algunos despuntes de modernidad: unas pocas regresiones temporales y algunos
diálogos de voces polifónicas, como en representación del barullo propio de una
multitud. La prosa es austera y vigorosa, animada por vívidas descripciones y
cuajada de diálogos intensos. La alternancia de escenarios y el paralelismo de
las situaciones se suman al sobresaliente modelado de los personajes, haciendo
de la lectura de El primer círculo una experiencia sobrecogedora y emocionante.
Posiblemente sea en los personajes donde resida el mayor mérito artístico de la
novela. Es tan verista y tan consistente su dibujo que parece que los
conociéramos de toda la vida. Nos conmueve en particular la entereza de los
reclusos y empatizamos con su infortunio; cómo no, tratándose de vidas
quebradas por un régimen de pesadilla, verdadera afrenta de la humanidad.
jueves, 28 de agosto de 2014
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