viernes, 29 de agosto de 2014

El primer círculo - Alexander Solzhenitsyn



EL PRIMER CÍRCULO – Alexander Solzhenitsyn

Sordo e inmune a los cantos de sirena del estalinismo, a diferencia de muchos de sus colegas de la intelectualidad francesa, Raymond Aron ironizó en 1950 sobre el hecho de que la izquierda europea idolatrase a un “constructor de pirámides”; en efecto, pocos de esa izquierda reconocían en el líder supremo de la Unión Soviética al déspota oriental cuyos métodos y fechorías merecían tanta repulsa como los de Hitler. Lo cierto es que, para entonces, los métodos de Stalin y su régimen se habían diversificado. A su haber tenían no sólo unas iniciativas tan despiadadas –faraónicas en el peor sentido del término- como la construcción del canal del Mar Blanco y la colectivización del agro, con su larguísima cuenta en vidas humanas, sino también la fundación de prisiones especiales en las que caían científicos, ingenieros, técnicos y obreros cualificados, extraídos todos ellos de la vasta red de campos de concentración a fin de ponerlos a trabajar en proyectos similares a los que, en Occidente, se desarrollaban en laboratorios y centros de investigación científico-tecnológica. La jerga carcelaria rusa reservaba a estas prisiones el mote de sharashkas, y los zeks (reclusos) que iban a parar a ellas se consideraban afortunados, pues las condiciones de subsistencia en una sharashka eran incomparablemente más llevaderas que las de los campos corrientes. Con todo, no dejaban de ser prisiones, y en un sistema como el soviético representaban una forma refinada pero no menos deleznable de arbitrariedad y explotación. Eran, las sharashkas, el Primer Círculo del dantesco infierno concentracionario, y la novela homónima de Solzhenitsyn es su dramático lienzo literario.

Alexander Solzhenitsyn, formado como físico y matemático y devenido oficial de artillería durante la Segunda Guerra Mundial, fue del número ingente de los zeks. Servía en territorio prusiano como combatiente condecorado cuando cayó en desgracia a raíz de una apenas velada crítica a Stalin, detectada por la censura en su correspondencia privada. Tras ocho años de calvario en el Gulag, una de cuyas estaciones fue precisamente una sharashka, la desestalinización puso fin a su destierro en Asia Central en 1956, culminando unos años después la primera redacción de su novela sobre la vida en una prisión especial. Titulada El primer círculo, la obra conoció el destino de tantos y tantos de sus equivalentes en la URSS: censura, mutilación, requisamiento, reescritura. Después de que el KGB vedara definitivamente su publicación, en 1967 se difundió en su quinta versión por la vía del samizdat (edición y distribución clandestina). Al año siguiente la sexta versión fue publicada en ruso en los EE.UU., a partir de una copia microfilmada y llevada a Occidente unos años antes; esta edición, que consta de 87 capítulos, fue prontamente traducida a una multitud de idiomas. La redacción definitiva (séptima versión, de 96 capítulos) la acabó Solzhenitsyn en 1968, y en castellano fue publicada por primera vez por Tusquets, en 1992 (edición de 749 páginas).

Como se puede suponer, la novela debe su título al imaginario dantesco y sus círculos infernales. Sobre la naturaleza de la prisión que sirve de escenario central en El primer círculo, el diálogo sostenido por dos de sus personajes es decidor:

«- La sharashka, si quiere usted, la inventó Dante. Se devanaba los sesos pensando dónde colocar a los antiguos sabios. Su deber de cristiano le ordenaba arrojar a esos paganos al infierno. Pero la conciencia de un renacentista no podía aceptar que tan ilustres varones se mezclaran con los demás pecadores y fueran sometidos a castigos corporales. Y Dante ideó para ellos un lugar especial en el infierno. […]

- Eh, eh, Lev Grigórich, yo le explicaré de un modo muchísimo más accesible a Herr Profesor lo que es la sharashka. Hay que leer los editoriales del Pravda: “Está demostrado que la alta producción de lana depende de cómo se alimente y se cuide la oveja”.»

El primer círculo es novela coral y narración testimonial. Su ambientación la provee la prisión-laboratorio de Marfino, en los arrabales de Moscú, a fines de 1949. Se trata de una sharashka abocada a la investigación de materias relativas a la acústica y la radiotelefonía, y como centro penitenciario que es, reviste la forma de un microcosmos que congrega a 250 reclusos y algunas decenas de personal carcelario y técnico-científico libre. La novela condensa la vida en Marfino durante los cuatro días que transcurren a partir del 24 de diciembre del referido año. Su trama se despliega en torno a un nudo argumental: en la víspera de Nochebuena, un joven y promisorio funcionario del servicio diplomático soviético, en quien ha germinado la semilla de la duda y la inconformidad, se comunica por teléfono con la embajada estadounidense con el objeto de prevenirla de un acto de espionaje relacionado con la bomba atómica. (En la primera versión conocida en Occidente, el asunto en cuestión era un secreto de la industria farmacéutica.) El aparato soviético de seguridad ha captado el llamado y sus engranajes se ponen en marcha. Sobre Marfino recae la tarea de estudiar la grabación telefónica e identificar al traidor.

En tanto que obra coral, la novela disfruta de una virtud característica de la gran literatura rusa: la capacidad de movilizar mundos enteros, esto es, de poner en escena una abigarrada galería de personajes en los que se expresa un amplio espectro de circunstancias, valores, ilusiones y sentimientos. Todo un universo moral y sicológico halla  fidedigna plasmación narrativa en El primer círculo, con las debidas particularidades del contexto –como está dicho, una prisión en los infames tiempos del estalinismo. Nunca está de más recordarlo: en el régimen estaliniano, epítome de arbitrariedad institucionalizada, discrepar de la línea gubernamental constituía la mayor de las imprudencias, una verdadera locura considerando los peligros que conllevaba el disenso. De modo congruente, los reclusos de la novela vienen a representar un muestrario de actos imprudentes y una muchedumbre de locos admirables, tanto más cuando se los contrasta con la caterva de parásitos cobijados por la maquinaria del estado policial.

Claro está, no conviene simplificar; no es el universo de los zeks de Marfino –profesionales y técnicos en su mayoría- un compendio de virtudes ni un remanso de paz. Como en todo conglomerado humano, y con mayor ocasión tratándose de un presidio, chocan inevitablemente los temperamentos e intereses y afloran rivalidades y rencillas. La principal fuente de discordia son los chivatos: uno de cada cinco presidiarios ha sido reclutado por la autoridad penitenciaria para la vil función del espionaje interno, de modo que ni siquiera entre sus pares, víctimas por igual de la iniquidad, pueden ellos sentirse a sus anchas. Instilado el veneno de la sospecha y la desconfianza recíprocas, el aspecto pacífico de la sharashka oculta una guerra subterránea; el escarnio del sistema o un desaire al chivato pueden acarrear el retorno a la muerte lenta de los campos de concentración. Por demás, la prisión reproduce a escala la atmósfera paranoica y moralmente retorcida del régimen, en lo que resulta un fiel reflejo de la personalidad del tirano. Ningún acto es inocente, nada se debe al azar. Si un instrumento cualquiera sufre un leve desperfecto, no hay accidente que valga como explicación: por fuerza ha debido intervenir la mano negra del sabotaje, y no descansará el chequista de turno hasta encontrar al verdadero y necesario culpable –entre tanto enemigo del pueblo, siempre se hallará una cabeza de turco. Y qué decir de las investigaciones llevadas a cabo en el lugar. Es época en que el discurso oficial atribuye cuanto avance tecnológico y científico exista en el mundo al genio soviético, estigmatizando el reconocimiento de las innovaciones occidentales como “servilismo al extranjero”. Se produce entonces el caso grotesco de que las publicaciones científicas extranjeras utilizadas en Marfino, que en Occidente son de libre disposición, aquí son celosamente guardadas como secreto de estado; la convención dicta que en la ciencia soviética sólo se emplean modelos patrios.

No es un mundo en blanco y negro el de Marfino, ni siquiera en lo que concierne a los carceleros. No todos entre ellos son igualmente malvados o despreciables; los hay de natural bondadoso, tal que parecen caídos por triste albur en el oficio. Y es un mundo que interactúa, narrativamente hablando, con el exterior, representado por familiares de los presos, de los carceleros y del personal adjunto. La narración comprende episodios que se desarrollan en escenarios alternos, en Moscú y sus alrededores, enriqueciendo una paleta abundante en colores y matices humanos, y sin sacrificio de la ilación. Hábilmente engarzada en la corriente narrativa, aflora por un instante la personalidad de Stalin, fiera envejecida pero todavía capaz de dispensar dentelladas. Solzhenitsyn pinta un retrato irónico del tirano, mucho más eficaz que si fuera una diatriba encendida.

Entre los numerosos personajes destacan los protagonistas indiscutibles de la novela, Gleb Nerzhin y Lev Rubin. Es de suponer que en el primero de ellos ha vertido Solzhenitzyn algunos de sus rasgos personales; el segundo es un retrato velado de Lev Kópelev, filólogo y disidente tardío a quien Solzhenitsyn conociera en la propia prisión de Marfino. Nerzhin es un matemático intelectualmente díscolo y políticamente insumiso, renuente a claudicar del derecho a la autonomía personal. En un tono que se nos antoja muy ruso, gusta de sumirse en charlas inspiradas o en apasionadas discusiones –sobre  lo humano y lo divino- con sus compañeros de reclusión; su idealismo es garantía de un mal pasar en un entorno como el que lo rodea. Por su parte, Rubin, de barba de pirata, es el mejor amigo de Nerzhin en la sharashka. Filólogo y comunista convencido a pesar de que el régimen lo ha privado injustamente de su libertad; su obcecación ideológica, empero, no le impide aborrecer a los carceleros. Es un polemista vehemente y altanero que jamás acepta los puntos de vista de sus interlocutores, a pesar de lo cual resulta bastante simpático. La caracterización de Rubin/Kópelev por el escritor es impagable: «Rubin no podía existir sin amigos, se ahogaba cuando le faltaban. La soledad era para él insoportable hasta el punto que ni siquiera permitía que sus ideas madurasen únicamente en su cabeza, de modo que apenas encontraba media idea corría a compartirla. Toda su vida había sido rico en amigos, pero en la cárcel se daba el caso de que sus amigos no eran sus correligionarios, y sus correligionarios no eran sus amigos».

Junto a ellos destacan personajes como los que siguen: Dmitri Sologdin, un apuesto ingeniero de origen aristocrático, talentoso y un tanto extravagante; aún es joven pero ya cumple doce años de reclusión. Es adalid de lo que llama el Lenguaje de la Claridad Máxima: su brillante conversación está salpicada de términos que juzga vernáculos, en reemplazo de lo que considera palabras de origen extranjero (“palabras ornitológicas”, las denomina: se niega por ejemplo a decir “capitalismo” cuando lo correcto viene a ser “gran monetarismo”). El entusiasta Valentin Prianchikov, ingeniero de viva inteligencia pero de aspecto algo infantil, falto además de apostura, por lo que sus pares no lo toman demasiado en serio.  Spiridon Yegorov, un rudo campesino que en la cincuentena está casi ciego y es reo del delito de haber sido prisionero de los alemanes; portero y aseador de la sharashka, ha trabado una impensada amistad con el culto Nerzhin –quien inicialmente se dirigiera a él en una típica muestra del “acudir al pueblo”, esa tradición tan rusa-. El joven Rostislav “Ruska” Doronin, que se ha enamorado de una empleada, Clara Makaryguina, chica recién salida de un instituto técnico e hija de un importante fiscal. Ruska es un temperamento inquieto y aventurero, refractario al disciplinamiento y la legalidad: a los veinte años era buscado por todos los organismos de seguridad, y a los 23 es un zek y un técnico en Marfino; leal con sus compañeros, tiene la desgracia de que los jefes se han fijado en él como candidato a chivato. Innokenti Volodin, el del llamado telefónico, el diplomático cuyo arrebato desata la voracidad de los hombres lobo…  No es un universo exclusivamente masculino. Cabe resaltar, por ejemplo, a la mencionada Clara, joven nacida en cuna de plata; asustada al principio por tener que trabajar rodeada de zeks, muy pronto pudo advertir que  estaban lejos de  ser los feroces “enemigos del pueblo” y “perros del imperialismo” descritos por sus superiores. Serafima Vitalievna, Símochka, menuda y nada agraciada mujer, también colaboradora externa del instituto-prisión (y oficial del MGB, Ministerio de Seguridad del Estado, como todos los trabajadores libres de Marfino); está perdidamente enamorada de Gleb Nerzhin. Nadia, la mujer de Gleb, que sufre y languidece como tantas esposas en el país del Gulag.


Más allá del valor testimonial y denunciatorio de la novela, su valor literario la hace por sí misma recomendable. Está construida al modo clásico, el del eterno realismo –Solzhenitsyn es de hecho deudor del gran modelo tolstoiano-, con tan sólo algunos despuntes de modernidad: unas pocas regresiones temporales y algunos diálogos de voces polifónicas, como en representación del barullo propio de una multitud. La prosa es austera y vigorosa, animada por vívidas descripciones y cuajada de diálogos intensos. La alternancia de escenarios y el paralelismo de las situaciones se suman al sobresaliente modelado de los personajes, haciendo de la lectura de El primer círculo una experiencia sobrecogedora y emocionante. Posiblemente sea en los personajes donde resida el mayor mérito artístico de la novela. Es tan verista y tan consistente su dibujo que parece que los conociéramos de toda la vida. Nos conmueve en particular la entereza de los reclusos y empatizamos con su infortunio; cómo no, tratándose de vidas quebradas por un régimen de pesadilla, verdadera afrenta de la humanidad.

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