sábado, 1 de junio de 2013

¿Quien es el ciego?



Aquel año el invierno neoyorquino se extendió lánguidamente hasta fines de abril. Como vivía sola y era ciega, tendía a permanecer en casa gran parte del tiempo.
Por fin, un día el frío desapareció y entró la primavera, llenando el aire con una fragancia penetrante y alborozadora. Por la ventana de atrás, un alegre pajarito gorjeaba con persistencia, invitándome a salir.
Consciente de lo caprichoso que es abril, me aferré a mi abrigo de invierno pero, como una concesión al cambio de temperatura, dejé mi bufanda de lana, mi sombrero y mis guantes. Tomando mi bastón de tres picos salí alegremente al pórtico que lleva directamente a la calle. Levanté la cara hacia el sol, dándole una sonrisa de bienvenida en reconocimiento por su calidez y su promesa.
Mientras caminaba por la calle cerrada donde vivo , mi vecino me saludó con un "hola" musical y preguntó si deseaba que me condujera a alguna parte. "No, gracias" respondí. " Mis piernas han estado descansando todo el invierno y mis articulaciones necesitan desesperadamente de ejercicio, así que iré caminando".
Al llegar a la esquina aguardé, como era mi costumbre, a que alguna persona me permitiera atravesar con ella la calle cuando el semáforo estuviera en verde.
El sonido del tráfico me pareció un poco más largo que de costumbre, y sin embargo, nadie se ofreció a ayudarme.
Permanecí allí pacientemente y comencé a canturrear una melodía que recordaba. Era una canción de bienvenida a la primavera que había aprendido de niña en la escuela.
De repente, una voz masculina, fuerte y bien modulada, me habló:
"Parece un ser humano muy alegre", dijo. "¿Me daría el placer de acompañarla al otro lado de la calle?".
Adulada por tanta caballerosidad, asentí sonriendo, musitando un "sí" apenas inteligible.
Con amabilidad me rodeó el brazo con su mano y bajamos de la acera. Mientras avanzábamos lentamente, habló del tema más obvio -el clima- y qué bueno era estar vivo en un día como aquel.
Caminábamos al mismo paso y era difícil saber quién conducía a quién.
Apenas habíamos llegado al otro lado cuando una y otra vez comenzaron a escucharse las impacientes bocinas; seguramente había cambiado el semáforo.
Dimos algunos pasos más para alejarnos de la esquina.
Me volví hacia él para agradecer su ayuda y su compañía. Antes de que hubiera pronunciado una palabra, me habló:
"No sé si sabe", dijo, "qué grato es encontrar a alguien tan alegre como usted que acompañe a un ciego como yo a atravesar la calle".
Aquel día de primavera ha permanecido en mi memoria por siempre.

lunes, 20 de mayo de 2013

El maestro y sus discípulos


El maestro narró a sus discípulos el siguiente relato:

- Un hombre que iba por el camino tropezó con una gran piedra. La recogió y la llevó consigo. Poco después tropezó con otra, igualmente la cargó. Todas las piedras con que iba tropezando las cargába, hasta que aquel peso se volvió tan grande que el hombre ya no pudo caminar.

¿Qué piensan ustedes de ese hombre? - Preguntó el maestro.

- Que es un necio -respondió uno de los discípulos- ¿Para qué cargaba las piedras con que tropezaba?

Dijo el maestro: - Eso es lo que hacen aquellos que cargan las ofensas que otros les han hecho, los agravios sufridos, y aun la amargura de las propias equivocaciones. Todo eso lo debemos dejar atrás, y no cargar las pesadas piedras del rencor contra los demás o contra nosotros mismos.

Si hacemos a un lado esa inútil carga, si no la llevamos con nosotros, nuestro camino será más ligero y nuestro paso más seguro.

Así dijo el Maestro, y los discípulos se hicieron el propósito de no cargar nunca el peso del odio o del resentimiento.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Plegarias en la noche de Dennis Lehane



PLEGARIAS EN LA NOCHE
de
DENNIS LEHANE
“Plegarias en la noche” es una de las novelas del escritor americano Dennis Lehane sobre su pareja de detectives, Patrick Kenzie y Angela Genaro.
Curiosamente esta es la única de las novelas traducidas al castellano de Lehane, hasta donde yo sé, que no ha sido llevada al cine. “Mystic River” de Clint Eastwood está basada en la novela del mismo título, “Adiós pequeña, Adiós” en la cuarta entrega de esta serie y por ultimo “Shutter Island” de Martin Scorsese.
En el desenlace de “Desapareció una noche” (Gone, Baby, Gone, 1998) Patrick Kenzie y Angela Gennaro acaban separándose. No coinciden sus modos de entender y aplicar la justicia. Ella le promete odio para el resto de su vida.
En “Plegarias en la noche” (Prayers for Rain, 1999) Patrick Kenzie, ayudado por Bubba Rogowski, cree resolver sin apenas esfuerzo, solo con una buena dosis de violencia, el acoso sexual que sufre su clienta Karen Nichols. Desgraciadamente seis meses más tarde la joven se arroja desde lo alto de un edificio de Boston.
Kenzie asume que ha actuado con ligereza y falta de profesionalidad. Se propone averiguar lo ocurrido. En pocas semanas Karen Nichols había sufrido una desgracia tras otra. Su novio permanecía en coma tras ser atropellado por un coche. Había perdido su trabajo, su coche y su piso. Angustiada, había acabado consumiendo drogas y prostituyéndose.
A pesar del odio prometido, Angela Gennaro ayuda a Patrick y a Bubba a descubrir que el suicidio de Karen Nichols ha sido provocado por un psicópata al que combaten con sus mismos métodos.
Leer esta novela es como estar viendo una película de cine negro de los años 40/50, personajes corruptos, cínicos, desencantados, violentos….y continuos comentarios sobre cine, referencias sobre Ava Gadner, Robert Mitchun, “El tercer hombre”……
Dennis Lehane es uno de los escritores actuales americanos de novela negra que más me gustan y aunque prefiero sus novelas aparte de esta serie sobre estos detectives, novelas como Shutter Island o Mystic River, en estas obras que podríamos considerar menores también se nota perfectamente la mano del autor, narrándonos un Boston con sus barrios bajos de una manera bastante cruda y sobre todo bastante realista.
Siempre es bienvenido un libro de este escritor

sábado, 11 de mayo de 2013

¿Cuánto pesa la lista de la compra?



Una mujer pobremente vestida, con un rostro que reflejaba tristeza, entró a una tienda, se acercó al dueño y de manera humilde preguntó si podía llevarse algunas cosas a crédito; con voz suave explicó que su esposo estaba muy enfermo y que no podía trabajar, tenían siete niños y necesitaban comida.
El dueño no aceptó y le solicitó que  abandonar a  la tienda.
Sabiendo la necesidad que estaba pasando su familia la mujer rogó:
 “Por favor señor, se lo pagaré tan pronto como pueda"
El dueño le dijo que no podía darle crédito, ya que no tenía una cuenta de crédito en su tienda.
De pie, cerca del mostrador, se encontraba un cliente que escuchaba la conversación entre el dueño de la tienda y la mujer.
El cliente se acercó y le dijo al dueño de la tienda que él se haría cargo de lo que la mujer necesitara para su familia;
Entonces el dueño, mosqueado, preguntó a la mujer:
 "¿Tiene usted una lista de compras?".
 La mujer dijo: "Si señor";
"Está bien," dijo el dueño,
“Ponga su lista en la balanza de platos y lo que pese su lista le daré en comestibles".
La mujer titubeó por un momento y cabizbaja buscó en su cartera un pedazo de papel, escribió algo en él y lo puso, triste aún, en uno de los platos de la balanza.
Los ojos del dueño y del cliente se llenaron de asombro, cuando el plato de la balanza donde estaba el papel, se hundió hasta el fondo y se quedó así.
El dueño, sin dejar de mirar la balanza dijo:
"No lo puedo creer"...
El cliente sonrió y el dueño comenzó a poner comestibles en el otro plato de la balanza.
La balanza no se movía, por lo que continuó poniendo más y más comestibles, hasta que se llenó.
El dueño se quedó pasmado de asombro.
Finalmente, tomó el pedazo de papel y lo miró todavía más asombrado....
¡No era una lista de compra!
Era una oración que decía:

“QUERIDO SEÑOR, TÚ CONOCES MIS NECESIDADES Y YO VOY A DEJAR ESTO EN TUS MANOS"

El dueño de la tienda le entregó los comestibles que había pesado y quedó allí en silencio.
La mujer agradeció y abandonó la tienda; el cliente entregó un billete de cincuenta euros al dueño y le dijo:
"Valió cada céntimo de este billete; ahora sabemos cuánto pesa una oración".