sábado, 18 de enero de 2025

miércoles, 8 de mayo de 2024

La ciudad y sus muros inciertos (Haruki Murakami)

 


Murakami Haruki ha publicado su primera novela larga en los últimos seis años. El tema es uno al que el autor se ha venido aferrando durante 40 años. Se trata de una obra fundamental para entender la literatura de este autor.

Murakami Haruki contacta con su editor y le dice “¿Te apetece que nos tomemos un té juntos?” en un tono muy desenfadado. Tras una breve charla, le entrega el borrador de su nueva obra y le dice: “Aquí tienes”. En el caso de Murakami, el editor encargado nunca pide el borrador y se limita a esperar pacientemente. Y rara vez se le informa de antemano del contenido de su obra. En el pasado, el autor le solía entregar los manuscritos. Luego fue un disquete de un procesador de texto, y ahora es una memoria USB.

Aunque se trata de la primera novela larga en seis años, no es una obra totalmente nueva. Existe un prototipo para esta obra. Se trata de una novela de mediana extensión titulada Machi to sono futashikana kabe (La ciudad y sus muros inciertos), que se publicó en la revista literaria Bungakukai en 1980. Según un epílogo del autor de la novela (no es habitual que Murakami incluya un epílogo), la primera obra no se publicó en forma de libro porque no estaba satisfecho con el contenido, por lo que es probable que la mayoría de los aficionados nunca la hayan leído.

Los protagonistas de esta obra no tienen nombre, son un chico de 17 años que se refiere a sí mismo como “Boku” (es un pronombre personal usado solamente por hombres para hablar de sí mismos que equivale a nuestro “yo”) y una chica de 16 años a la que se dirige como “Kimi” (pronombre correspondiente a “tú”). “Boku” y “Kimi” van a institutos distintos, pero el destino los unió hace un año en una ceremonia de entrega de premios de un “concurso de ensayos de instituto”.

Ni “Boku” ni “Kimi” habían conocido a nadie con quien pudieran expresar sus sentimientos y pensamientos con libertad y naturalidad. Parece casi milagroso que lograsen conocer a un compañero así.

“Quiero ser toda tuya”, dice ella. Pero, le revela a “Boku”: “La que ves aquí, y ahora no, es mi verdadera yo. Solo soy una sombra efímera”. “La verdadera yo”, dice, “vive en una ciudad rodeada de altos muros”. Fuera de la ciudad hay un inmenso manzanal, pero la única puerta al mundo exterior está custodiada por un gran guardián y los habitantes no pueden salir de ella. Solo las bestias de un solo cuerno, cubiertas de pelo dorado y que viven en manadas, pueden viajar entre el interior y el exterior de las altas murallas.

Y la gente que vive en esa ciudad no tiene sombras. En esa ciudad, “Kimi” trabaja en una biblioteca que colecciona “viejos sueños”, pero la única forma en la que “Boku” puede conocer a la “verdadera Kimi” es convirtiéndose en “lector de sueños” y yendo a la “ciudad rodeada de altos muros”. Pero, ¿dónde está esa misteriosa ciudad y cómo se puede entrar en ella? Para convertirse en habitante de esa ciudad, hay que desprenderse de las sombras. Esto tiene una importancia crucial en la historia.

Un día, en el mundo real, “Kimi” desaparece de repente ante “Boku”. ¿Se reunirá alguna vez “Boku” con la “verdadera Kimi”? Para los aficionados que llevan leyendo las obras de Murakami desde sus inicios, el mundo familiar de Murakami está en ebullición desde el principio, y es una obra que se disfruta con plenitud. Sin embargo, me quedé con una sensación de frustración al no poder resolver completamente el misterio, o mejor dicho, me quedé con una sensación borrosa después de leer el libro. Así que leí la obra original de hace 40 años.

Los protagonistas se cuestionan su lugar en el mundo

En la obra original, el tema que se plantea parece ser sencillo: “¿Adónde debo pertenecer?” Los dos personajes principales son “Boku” y “Kimi”, y la historia que se desarrolla en “una ciudad rodeada de altos muros” es la misma en la primera parte de esta obra. Esta vez, la obra tiene una complejidad que no puede recorrerse en línea recta. Esto se debe a que en la segunda y tercera parte se añadieron nuevos episodios y aumentó el número de personajes importantes que intervienen con los protagonistas, lo que hace que la historia tenga varias capas y sea más profunda y rica. Esto permite interpretarla de varias maneras y hace que su resonancia perdure durante mucho tiempo.

“Boku” se ha convertido en “Watashi” (pronombre personal adulto para “yo”), un hombre de mediana edad de 45 años. Le rodea un fascinante elenco de personajes importantes, como un misterioso anciano adinerado que dirige una biblioteca rural, “el niño del submarino amarillo” con habilidades especiales y una mujer divorciada de extraña belleza que regenta una cafetería.

La razón por la que me atraen las obras de Murakami es que el protagonista siempre se hace preguntas y trata de encontrar respuestas con sinceridad. También en esta obra “Watashi” se inquieta ante las preguntas: “¿A qué mundo debo pertenecer? No puedo decidirme”, e incluso en la edad madura se plantea, “¿Estoy firmemente conectado a algún lugar de la tierra? ¿Estoy arraigado allí?”.

“Watashi” nunca ha podido evitar pensar en “Kimi”. Pero ahora parece que “esa especie de impulso integral de ofrecerse totalmente a la otra persona parece haberse extinguido hace mucho tiempo”. El misterioso anciano adinerado dice: “Has conocido a la mejor persona para ti en las primeras etapas de tu vida. ¿O debería decir que te has topado con la persona perfecta?”

“Watashi” piensa así: ¿Existe en este mundo algo parecido a un muro entre la realidad y la irrealidad desde el principio?

En el epílogo, el autor escribe que la obra “contiene algunos elementos importantes para mí”. La forma en que los lectores perciban estos elementos depende de ellos. Como ya sabrán los ávidos aficionados, en Sekai no owari to hādoboirudo wandārando (El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas), publicada en 1985, cinco años después de la obra fantasma La ciudad y sus muros inciertos, el autor aborda de nuevo la historia de una “ciudad rodeada de altos muros” en el mismo escenario. Esta obra obtuvo el Premio Tanizaki Jun’ichirō y fue bien recibida en el extranjero.

A pesar de ello, el autor sigue comprometido con este “elemento clave” y continúa retocando su obra incluso después de cumplir los 70 años. La pasión del autor por su obra es impresionante. ¿Cómo afrontará “Watashi” su relación con “Kimi”? (Escrito por Takino Yūsaku)

jueves, 13 de julio de 2023

Schumann. Piano. Carnaval Op. 9 18-Aveu.

 










lunes, 10 de abril de 2023

RAMBLA SECA - La epopeya de la electricidad


 


RAMBLA SECA, LA EPOPEYA DE LA ELECTRICIDAD


Infraestructuras. Miles de personas trabajaron entre 1917 y 1922 para construir una central pionera en España. La idea inicial era suministrar energía a Valencia y Madrid pese a las distancias

(F. P. PUCHEDomingo, 13 febrero 2022, 00:41)

 

Cuando la producción y el precio de la energía eléctrica alcanzan características de crisis económica y social, cuando los países toman posiciones estratégicas ante el problema, es obligado recordar que, hace un siglo, la falta de centrales de producción puso en marcha, en tierras valencianas, una verdadera epopeya. Entre 1917 y 1922, miles de trabajadores, en duras condiciones, vivieron una aventura inédita para construir la central eléctrica de Rambla Seca en el cañón del Xùquer, en términos de Cofrentes, Dos Aguas y Cortes de Pallás. Hidroeléctrica Española, antecedente de la actual Iberdrola, realizó una obras capaces de suplir la alarmante falta de energía.

«!Luz, más luz!». Ferdinand, el enviado especial de LAS PROVINCIAS a las obras de la presa, tituló sus crónicas con el conocido grito de un Goethe moribundo. Era, también, el grito desesperado que una España acosada por los problemas derivados de la Guerra Europea empezó a lanzar a finales de 1917, cuando faltaba carbón y la industria tenía que cancelar su actividad. Valencia, en la fría Nochevieja de ese año se quedó sin gas y electricidad, mientras alcalde y gobernador peleaban con sus colegas por conseguir que los barcos cargados con carbón asturiano pudieran traer combustible.




Las empresas que abastecían a la ciudad eran Volta y Electra. Pero la energía disponible en la región, más allá de las pequeñas plantas movidas por calderas de carbón, solo se producía en dos presas de Hidro Eléctrica. La pionera, de 1907, era (y sigue siendo) la del Molinar, en Villar de Ves, Albacete, movida con aguas del Xùquer. Tras ella estaba en explotación, desde 1912, la de Villora, en aguas del Cabriel, provincia de Cuenca. Pero Juan Urrutia, el promotor de la empresa, soñaba con la necesidad de aprovechar desniveles en el curso de estos dos ríos con el fin de llevar energía tanto a Madrid y su área de influencia como al reino de Valencia. La osadía de su propósito, en aquel tiempo, consistía en producir en lugares inhóspitos y alejados y transportar electricidad en trayectos de hasta 250 kilómetros. En 1913, Urrutia compró una concesión no desarrollada y puso en marcha sus planes.

El primer proyecto, en el que había ya prisas, se dedicó a construir el salto en el término de Dos Aguas, aguas abajo del barranco de la Paridera, y la presa en suelo de Cortes de Pallás, en la Rambla del Real. La realidad, tras la inundación de las instalaciones en octubre de 1919, hizo cambiar el punto de la toma de aguas al término de Cofrentes, lo que introdujo la necesidad de construir un gran canal, de 14 kilómetros, desafío colosal para la técnica del momento. Las aguas deberían circular por la margen izquierda, cruzando el terreno mediante canales, casi siete kilómetros de túneles y diversos sifones, hasta la central de producción. Unos 30 metros cúbicos de agua aprovecharían un desnivel final de 74 metros; el agua turbinaría electricidad y devolvería el caudal al río aguas abajo.




Presupuestado en 18 millones de pesetas al principio, el proyecto, el de mayor potencial en la España de aquel momento, terminó reclamando una inversión de más de 70 millones. Se trataba de instalar 76.000 caballos efectivos de potencia, suficiente para abastecer las necesidades de Madrid y la región valenciana, aunque en una primera fase no se iba a usar toda la potencia posible. Los primeros barrenos se hicieron estallar en 1918: cientos de obreros procedentes de las provincias limítrofes, y de otros puntos de España, comenzaron a concentrarse en un tajo que pronto tuvo a su disposición un poblado con tiendas, horno, dos escuelas, cuartel de la guardia civil e incluso una capilla, como en las mejores epopeyas del ferrocarril del Lejano Oeste. Para el acceso de máquinas y materiales se construyeron caminos especiales que garantizaran el suministro desde la estación ferroviaria de Buñol, distante 45 kilómetros.

Toda la aventura se desplegó sin que la prensa pusiera especial atención a las obras. Cuando los cortes de energía movían la polémica en los diarios, cuando la Cámara de Comercio protestaba o las quejas sobre el abandono eléctrico subían de tono, había discretas referencias a la obra que Urrutía tenía en marcha, pero como una lejana promesa. Fueron noticia desgraciada, eso sí, la inundación que lo retrasó todo y obligó a un replanteamiento, y las frecuentes reseñas de accidentes que costaban la vida a obreros en las excavaciones.

Cuando se abordó el replanteamiento, el número de obreros creció: las personas empleadas de las dos contratas que vivían en aquellos solitarios parajes del Xùquer creció hasta llegar a las seis mil. Una de las aventuras culminantes fue el traslado de las grandes máquinas construidas en Estados Unidos: transformadores como casas, turbinas y alternadores como torres... todo se desplazó, embalado en cajas de madera, a bordo de carretones especiales tirados por doce yuntas de bueyes y por camiones de ruedas macizas que se movían como gusanos a lo largo de caminos nuevos, festoneados de precipicios.




La visita de la prensa

Los años 1920 y 1921 fueron quizá los de mayor carencia de electricidad y polémica más dura. La opinión se dividía entre los que ponían su fe en los planes de Urrutia y los que se atenían a una realidad donde los cortes eléctricos movían a cierre de empresas, huelgas y hondo malestar social. El paro y la carestía de los alimentos hicieron crecer una tensión sindical en la que no faltaron los tiroteos.

Con todo, Hidro Eléctrica se sintió finalmente en disposición de dar fechas y anunció que en 1922 sus máquinas podían empezar a producir electricidad. Así, el 28 y 29 de enero, ahora hace un siglo, abrió las puertas a los enviados de todos los diarios de la ciudad, que viajaron primero en automóviles y luego a lomos de mulas hasta la casa de los ingenieros. Juan La Casta, el jefe de las obras, les recibió junto con su ayudante, un Cayetano Úbeda que parecía sacado de un regimiento de Infantería.